Tuve un profesor de historia en el colegio que había vivido un tiempo a orillas del Orinoco. Lo llamábamos el hombre de la selva. Una vez nos contó que en esa aldea los carniceros regalaban los sesos de vaca porque nadie les veía valor. Él los empezó a cocinar para sus amigos. A los pocos meses todos los cocinaban, y los carniceros les pusieron precio.

El mismo profesor nos enseñó el concepto de Edmundo O’Gorman: la invención de América. Colón llegó al Caribe creyendo haber dado con las Indias y murió convencido de eso. La idea de un continente nuevo no existía en la cabeza de nadie. Tuvo que ser inventada después, con cartografía y violencia, porque el mapa mental europeo solo tenía tres partes. O’Gorman va más lejos: América no estaba esperando a ser descrita. El acto mismo de pensarla la trajo a existencia.

Vuelvo a pensar en el hombre de la selva. Estamos en plena invención de algo, en el sentido de O’Gorman.

Llevo quince años escribiendo software. Hace año y medio que casi no escribo código. Construyo más, en menos tiempo, con menos gente. Fundé Trifolia, una empresa de IA para abogados chilenos. Los veo cruzar el mismo umbral por el que crucé yo, con la misma cara de desconcierto. Un amigo abogado, uno de nuestros usuarios más fieles, me dijo hace poco: “Cuando me lo comentaste yo pensaba, cómo le voy a entregar la redacción de un escrito a una máquina, no me calzaba en la cabeza. Al final era pura ceguera.”

No me calzaba en la cabeza. Es la frase de Colón frente a las Antillas. Lo que mi amigo llama ceguera fue el primer momento de toda invención. La categoría nueva no calza hasta que el mapa se reorganiza para recibirla.

Todavía no sé qué es esta cosa con la que trabajo. Algunos días parece un cristal raro: le apunto con un prompt y proyecta formas que ya estaban en los libros, en internet. Un espejo grande y antiguo. Otros días parece un ser que persigue objetivos, entrenado para maximizar una recompensa, al que tenemos atado con camisa de fuerza para que redacte sin hacer daño.

Ninguna describe algo que ya esté ahí. Cada metáfora fabrica una IA distinta, y quien gane la batalla de las metáforas va a determinar qué termina siendo todo esto. La invención produce el continente.

Y al inventarla a ella nos estamos inventando a nosotros. Mi amigo, que pensaba el derecho desde la redacción de escritos, ya no piensa lo mismo. Yo, que era programador, hace tiempo que tampoco. Los carniceros del Orinoco le pusieron precio a una carne que antes regalaban, y al hacerlo cambiaron su oficio sin darse cuenta.

Escribo esto como invitación. A salir un rato de la conversación del PIB y los riesgos existenciales, y entrar en una más vieja: la de cómo se hace lugar en la cabeza para algo que todavía no cabe. La humanidad pasó por esto antes. Cuando alguien encendió fuego. Cuando los polinesios llegaron en canoa a islas que no estaban en su mapa. Cada vez tardamos generaciones, y casi siempre costó caro. Esta vez, ojalá, tengamos un poco más de cuidado.


Publicado originalmente en LinkedIn el 18 de mayo de 2026.