No usaba camisa para trabajar desde la práctica universitaria. Quince años programando en jeans y zapatillas y, de un día para otro, de vuelta a la plancha, porque ahora trabajo entre abogados. Todavía me siento un poco disfrazado. Y está bien: vestirse como el gremio que te recibe es una forma de respeto.

Los programadores nos contamos que somos informales. Haz la prueba inversa: entra a una oficina de programadores con traje y corbata, y cuenta las miradas. Nadie te lo prohíbe, pero el ruido existe, el mismo que haría yo llegando a tribunales en zapatillas. Los dos gremios tienen uniforme; uno de los dos jura que no.

Algo de contexto antes de seguir. Llevo quince años construyendo software en empresas de Chile, Alemania y España. Vengo de una familia de abogados, y fundé Trifolia, una empresa de inteligencia artificial para abogados. Desde entonces convivo con los dos mundos, y este es mi cuaderno de campo: las diferencias que más me han llamado la atención.

Rituales y señorías

La diferencia de fondo, creo, es esta: el derecho se sostiene en creencias compartidas. Un contrato obliga porque todos sostenemos que obliga; una sentencia vale porque jueces, abogados, partes y Estado la tratan como válida. Los rituales mantienen viva esa creencia. La toga, el «su señoría», la solemnidad de un alegato cumplen la función de una liturgia: recordarnos que esto va en serio.

El software se sostiene, en teoría, en otra cosa: el programa funciona o se cae, creamos en él o no. Títulos tenemos también («programador senior», «líder técnico»), pero quizás por eso se quedan en el organigrama y no llegan al saludo: nadie dice «buenos días, señor líder técnico». Al jefe se le llama por su nombre y se le contradice en público, si los datos acompañan. Nuestra excepción viene con ironía incorporada: el creador de un programa famoso carga a veces el título, medio en broma, de «dictador benevolente». Así le dicen a Linus Torvalds, creador de Linux, el sistema que mueve buena parte de internet. Hasta nuestros honores se ríen de sí mismos.

Y súmale el trato. En Chile el “usted” es moneda corriente, mucho más que en España, y viviendo en Cataluña yo lo había ido perdiendo. Recuperar los ustedes y los dones me costó más que la camisa.

¿De quién es la verdad?

Para un abogado, la verdad de un caso puede tener varios valores a la vez: la del demandante, la del demandado, la que se logró probar, la que fijó la sentencia. Y no por cinismo. El sistema existe porque personas razonables miran los mismos hechos y concluyen distinto.

Los programadores nos reímos de eso hasta que nos miramos al espejo. Nuestra fe está puesta en las métricas: cuánto tarda la página, cuántos errores por hora, cuántos usuarios vuelven. Pero elegir la métrica es elegir el cristal con que se mira, y he visto equipos pelear por la «verdad» de un sistema con la pasión de dos litigantes.

En ambas orillas hay, además, orgullo de autor. Conozco programadores con ideas inamovibles sobre cómo se escribe el buen código, y abogados igual de orgullosos de la pluma de sus escritos. El último año, a los dos gremios les tocó la misma visita incómoda: una IA que escribe. Verlos procesarla, entre la curiosidad y el miedo, ha sido de lo más parejo que he encontrado entre los dos mundos.

Compartir el trabajo

El choque más inesperado me lo dio el código abierto. En el software es normal publicar tu trabajo para que cualquiera lo use, lo estudie y lo mejore, gratis; buena parte de internet corre sobre código regalado, y regalarlo da prestigio. Cuando les cuento esto a abogados, la reacción va de la sorpresa al rechazo: ¿publicar mis escritos, mis plantillas, mis cláusulas, para que las use la competencia?

Tengo una teoría, y la ofrezco como teoría. El trabajo de un abogado escala con sus horas: por bueno que sea su equipo, hay un tope de causas que puede atender, y su conocimiento es su inventario. El mismo programa, en cambio, puede servir a millones de personas sin que su autor trabaje más, y compartir piezas agranda el pastel para todos. Donde el trabajo se vende por horas, compartir se parece a regalar el inventario. Cambia cómo escala el oficio y cambia la moral del oficio.

Todo es texto

Quítales el uniforme y mira solo las manos. El abogado se pasa el día leyendo y tecleando: contratos, demandas, informes. El programador también: un programa es texto, instrucciones escritas letra por letra en un idioma que la máquina entiende. Dos oficios de teclado.

Las herramientas, en cambio, no se parecen en nada. El programador es el carpintero que se fabrica su propio banco: los editores donde escribimos código son programas también, escritos por el propio gremio, y hay cientos donde elegir. Probar el recién llegado es casi un deporte, y afinar el propio (los colores, los atajos, cada detalle) puede tragarse tardes enteras. Los dos bandos más antiguos, el de vi y el de Emacs, llevan medio siglo discutiendo cuál es mejor, en lo que el gremio llama, con toda seriedad, la «guerra de editores».

El abogado, mientras tanto, abre Word. Llevo años entre abogados y todavía no he visto a ninguno redactar en otra cosa. Y tiene su lógica: el borrador de un contrato va y vuelve entre estudio, cliente y contraparte, cada uno marcando sus cambios, y esa ronda solo funciona si todos usan el mismo programa. En un oficio que negocia documentos, la herramienta común vale más que la herramienta perfecta.

Donde el parentesco se vuelve innegable es en las versiones. Quien corrige texto para vivir necesita memoria: qué cambió, quién lo cambió, cuándo. Word se la da al abogado por partida doble: el control de cambios anota cada corrección con autor y fecha, y el historial de versiones guarda las copias anteriores del documento. Y las marcas son cancha de negociación: cada tachadura es una propuesta; cada comentario al margen, un pequeño alegato.

Esa memoria, eso sí, se administra. El archivo va camino de la contraparte, y las marcas hablan de más: qué dudaste, cuánto estabas dispuesto a ceder. Por eso, antes de enviar, el abogado acepta cambios, borra comentarios y deja el documento limpio. El historial completo se queda en casa, y el viaje entre oficinas va dejando esa colección de nombres de archivo que cualquiera reconoce: «Contrato_final_v3_AHORA_SI.docx».

El programador la tiene en git, un historial que guarda cada versión de cada archivo, con autor, fecha y motivo del cambio. Esa memoria viaja pegada al proyecto: quien recibe el código recibe la historia completa, hasta la primera línea. El software puede permitirse esa franqueza: quien recibe la historia empuja el mismo proyecto, a veces junto a miles más que corrigen el mismo texto sin pisarse. Lo creó, por cierto, Linus Torvalds, el dictador benevolente de hace un rato. Para escribir no hay dos programadores de acuerdo; para recordar, el gremio entero eligió la misma herramienta.

Los dos gremios llegaron incluso al mismo invento por caminos separados. Cuando un abogado devuelve un contrato, lo acompaña el redline: la copia que muestra, tachado y subrayado, solo lo que cambió respecto del borrador anterior; el prudente, además, compara las dos versiones por su cuenta, por si algo cambió sin marca. Cuando un programador propone un cambio, envía el diff, la lista de líneas que entran y salen, calculada por git a partir de los dos textos: ahí la prudencia viene de fábrica. Distinto nombre, misma idea, y el mismo motivo: nadie quiere releer el documento entero; se revisa la diferencia.

Debajo de las herramientas queda el parentesco de fondo: los dos oficios fabrican texto que actúa sobre personas. Las reglas del abogado las ejecutan jueces, empresas y ciudadanos; las del programador las ejecuta una máquina, y deciden qué noticia ves, si el banco te presta, cuánto demora tu trámite. Pocas hojas salen de una oficina con tanto poder sobre la vida de otros. Por eso aquella visita incómoda, la IA que escribe, no tocó estas dos puertas por casualidad: llegó adonde el texto manda.

El reloj que no perdona

Pero la diferencia que me cambió el trabajo es otra, y me la retrató una conversación. Hace unos meses, en Barcelona, hablaba de IA en la justicia con Diego Palomo, un conocido académico chileno del derecho procesal. Le mencioné, de pasada, el desafío de mantener actualizados los modelos, los motores detrás de la IA, para que mejoren sin parar. Se extrañó. ¿Para qué seguir actualizándolos? ¿No van a estar lo bastante buenos en algún momento? La pregunta me sorprendió. Y me sorprendió más caer en la cuenta de que yo nunca me la había hecho.

Cada uno hablaba desde el reloj de su oficio. El del derecho está hecho para terminar: los plazos vencen, las sentencias quedan firmes, los casos se cierran. El del software no termina nunca. Vivimos de iterar: publicar una versión imperfecta, mirar dónde falla, corregir y volver a publicar, a veces varias veces por día. Todo nuestro instinto profesional da ese ciclo por hecho, y la IA construida por programadores lo hereda: propone, se equivoca, prueba de nuevo. El borrador malo es barato, porque el error de hoy se corrige mañana.

En un juicio no existe ese mañana. Un escrito se presenta una vez, y si tenía un error, ya es tarde. El derecho procesal chileno tiene hasta un nombre para esto: preclusión, la puerta que se cierra a tu espalda cuando la etapa procesal termina. Con ese reloj, desconfiar de una tecnología que a veces inventa es pura prudencia profesional.

El programase escribe y se prueba¿un error? se corrige mañanaLa versión publicadanunca es la últimaEl escritose redacta y se firma¿un error? ya es tardeEl tribunallo presentado queda presentadose publicavuelve al tallerse presenta una vez
Lo que importa son las flechas: en el software, ida y vuelta las veces que haga falta; en el juicio, solo ida.

Empecé Trifolia cuando noté que mis amigos y familiares abogados no querían usar IA, y preferí entender esa resistencia antes que despacharla. Primero creí que era cosa de lenguaje, y de esa etapa salieron un artículo y un curso abierto. Debajo del lenguaje apareció esto otro: el reloj. Una IA para abogados no puede ser un asistente de programación con el vocabulario cambiado. Su ciclo de prueba y error tiene que ocurrir puertas adentro, antes de que nada se presente: verificar fuentes, citar de dónde sale cada afirmación, dejar la última palabra al abogado. Iterar en privado, porque en público no hay segunda oportunidad. A eso me dedico hoy en Trifolia.

¿Y fuera de Chile?

Una advertencia de método: mi experiencia con el software es internacional; con el derecho, solo chilena. No sé cuánto de lo que conté describe a los abogados del mundo y cuánto solo a los de Chile. Si ejerces en otro país, o eres ingeniero de software y trabajas entre juristas de otra tradición, me encantaría contrastar notas: escríbeme a [email protected].